Galgomundo: La historia de una expedición en busca de historias

Galgomundo: La historia de una expedición en busca de historias



por Pablo Izmirlian ///

La pantalla del teléfono se iluminó y me distrajo de lo que estaba haciendo. Era un mensaje de WhatsApp de Ernesto, que decía: “Felipe te está buscando, le pasé tu número”. Creo que no había terminado de leerlo cuando el teléfono sonó. Era Felipe. Había escuchado del proyecto de la nueva Radiomundo y quería hablar conmigo.

Ese es un arranque posible para la historia de Galgomundo, programa que hoy cumple 25 emisiones. Escribo la historia ahora para no olvidarla. Me permito por esta vez la indulgencia de la autorreferencia. Me permito ser juez y parte.

Era verano todavía. Enero. La ciudad estaba semivacía. Nos encontramos en el Café Bacacay, un lugar que hoy es una esquina de cortinas metálicas siempre cerradas.

La reunión fue breve. Felipe tenía cita con el dentista, yo tenía que volver a la radio a seguir tachando items de una larga lista de pendientes. Nos alcanzó para trazar algunas líneas posibles de trabajo. Están descritas en los apuntes que tomé ese día, y podría ir a buscarlos, pero así de memoria sé que eran principalmente reeditar Segundo Intento, crear un nuevo programa o sumar a Felipe como programador musical para una radio que, en sus primeras semanas de vida al menos, iba a emitir música buena parte del día (y de la noche).

No era la primera vez que lo veía a Felipe. Haciendo memoria creo que lo conocí en La Ronda, el bar de la calle Ciudadela, a donde me llevó un día Juanchi Hounie. Después lo vi varias veces más ahí, porque se convirtió en un lugar al que cada tanto volvía. En algún momento empezamos a hablar de música, y ya en la época de CheeseCake Records le compré un par de discos, confiando a ciegas en su recomendación: uno de Neil Halstead y otro de Smog. No me decepcionó.

Un poco antes o un poco después, me acuerdo de haberlo entrevistado para el 20 en 10, la contratapa del suplemento O2 de los domingos, que se publicaba con el diario El Observador (esa vez no nos vimos, fue un cuestionario vía correo electrónico). Años después volví a entrevistarlo, esa vez en persona, para una nota en la revista Galería sobre el retorno triunfal de los vinilos a las disquerías.

En esa conversación me acuerdo que Felipe me dijo una cosa muy simple, pero que siempre recuerdo. Que los discos se toman con las manos levemente arqueadas, del borde. Y que esa era una de las primeras lecciones que aprendían todos los que venían a trabajar en su bar.

Salto a un encuentro en Los Cardos, en el verano de 2017. Ahí hablamos de música. Sonaba Kevin Morby desde un disco de vinilo. Estaba Patitas. Julia se turnaba: de a ratos era la moza, de a ratos leía en voz alta de una novela de Auster para Segundo Intento. Joaquín jugaba con autos y muñequitos que salían de un cajón de plástico, y José dormía en una sillita.

En un momento le hablé de Canciones Nuevas, y le conté que la música que estaba programando en En Perspectiva Radio, una emisora online que fue el germen de lo que es hoy la nueva Radiomundo, era deudora de la música de Segundo Intento. Creo que hasta quedó flotando en el aire la posibilidad de hacer algo juntos, pero más como una cosa que se dice que como una posibilidad real. Al menos esa sensación me quedó a mí.

Después de ese primer encuentro en el Bacacay hubo otros. Y una llamada donde apareció el nombre “Galgomundo”. Al principio creí que era un chiste. No lo era.

Me había ido de la primera reunión con ganas de reeditar Segundo Intento, el de la mañana, el de las preguntas, o el de los poetas. Ese programa para mí es inseparable de los recuerdos de una etapa de mi vida, de unas personas, de unas rutinas. Era el premio cuando lograba madrugar. Me parecía que encajaba perfecto en las mañanas de Radiomundo.

Y sin embargo el Galgo empezó a ladrar. Evolucionó desde un nombre ingenioso hacia una idea simple pero ambiciosa: hacer un programa desde arriba de un viejo ómnibus de la Onda que busca un nuevo destino cada fin de semana. Con eso Felipe me convenció.

Acá debería ir una parte que hable de más reuniones, de intentos de planificar un esquema de trabajo, una estructura de programa, una emisión de prueba, la “cero”, que iba a ser grabada, después en vivo. En ese párrafo deberían detallarse idas y vueltas, algunas improvisaciones. Pero podemos obviar todo eso y saltar a lo que efectivamente ocurrió.

El primer programa de Galgomundo fue un experimento que salió bien, y se convirtió sin quererlo en el molde para los siguientes. Había algo del Segundo Intento “de las preguntas”, invitados que contaban historias que se editaban con cuidado, esmero, gusto por el detalle. Y estaba el “los que cantaron”, que en sus primeras ediciones contó con las voces de Julia, la misma Julia que leía la novela de Auster en Los Cardos, de Magdalena, la misma Magdalena que le ponía voz a “los que cantaron” en Segundo Intento, de Alicia, una amiga estadounidense que Felipe y el Galgo conocieron de casualidad. Hoy la voz la pone Candela, novel integrante del equipo de En Perspectiva, quien en algún rato libre se encarga de la tarea desde hace ya algunos meses.

Mientras no lográbamos salir en busca de las historias, resolvimos traer las historias al estudio. Las primeras fueron, sí, autorreferentes. La historia de Felipe. La historia del Galgo. La historia de Felipe y el Galgo. La contaban amigos, de antes y de ahora.

Producir un programa así también puede ser agotador, y hubo en esas primeras semanas algún que otro encontronazo. También sábados en los que el programa comenzaba a emitirse mientras los bloques finales todavía se estaban editando. A medida que llegaban, se iban programando.

Hicimos algunas pruebas saliendo en vivo que resultaron gratificantes, le dieron al programa otro aire, y probaron que era una modalidad a la que también podíamos apelar, si la oportunidad lo ameritaba.

Con el tiempo superamos la desazón por no lograr financiar las expediciones de carretera a bordo del Galgo, de las que tanto hablamos en los primeros programas. Saldamos el asunto con nomenclatura: mientras no nos moviéramos de Montevideo, Galgomundo está en su temporada “cero”.

Dejamos de lamentarnos y seguimos haciendo el programa que sabemos hacer, sabiendo que estamos preparados para el día que aparezcan las dos o tres cosas que nos están faltando para salir a la ruta.

En el camino, fuimos haciendo algunos amigos, mejoramos la logística -ya no hay trasnochadas hasta las 7 de la mañana, ni atrasos porque el primer bloque no bajó del WeTransfer-.

Festejamos con pizzas caseras la llegada del primer auspiciante del programa, la disquería Rockabilly.

Y también lloramos, por razones que recordamos bien pero que no resulta oportuno invocar aquí.

Quizá 25 emisiones no sea demasiado, y sin embargo parecen muchísimo. Es un primer mojón. Confieso que en todo este tiempo temí por momentos que el programa tuviera un final abrupto. Por suerte eso no pasó.

De estos seis meses nos queda la música, las historias, la compañía. “El objetivo es que nadie almuerce solo”, me dijo Felipe un día. No estaba hablando de Galgomundo esa vez, pero yo digo que se aplica al programa.

Y acá vendría toda una parte que tiene que ver con la audiencia, ese gran enigma. O mejor, esa gran incertidumbre. Si llegaron hasta acá y se identifican como oyentes, gracias por la compañía. Gracias por no dejarnos solos.

Me viene a la cabeza aquello de “si un árbol cae en un bosque y nadie está cerca para oírlo, ¿hace algún sonido?”, por esas asociaciones no tan evidentes que a veces emergen. ¿Si a un programa de radio nadie lo escucha, existe como programa? Mi respuesta es una confesión que hago a título personal: la pregunta es para mí irrelevante. Si a Galgomundo no lo escuchara nadie, igual deberíamos hacerlo. No como terapia, no como entretenimiento, sino por puro placer.

Me estoy entreverando y ya es tarde. Esto deberá ser revisado, editado, pero por hoy está bien.

En la revisión esta otra parte vino para acá, y sería como la de los agradecimientos. Galgomundo se convirtió en el patio del recreo de Radiomundo, un descanso, un juego que nos tomamos muy en serio.

Felipe logra eso, y todos los que de alguna forma terminamos colaborando se lo agradecemos.

Las primeras emisiones no hubieran sido posibles sin el cariño, la paciencia y el trabajo de Paul Higgs, que además compuso, tocó y grabó el Rock del Galgomundo, una canción muy pegadiza que es la cortina del programa, la que abre y cierra cada programa.

También hemos contado con la colaboración de Leandro, Santiago (ilustrador responsable del logo de Galgomundo), de las palabras de aliento y las animaciones inefables de Victoria, y en el último mes también de Sebastián, editor ágil y voluntario.

Sería injusto olvidar las viandas compartidas, las que cariñosamente prepararon Ana, Agustina, o a la amabilidad de los mozos del bar del lobby, donde nos reuníamos en la primera etapa del programa. O una charla motivacional en el piso 18 del Palacio Salvo.

Ahora sí, redondeando: Por muchas emisiones más, y porque el bus musical salga a la ruta en un futuro cercano, por la amistad. Por que nadie almuerce solo.

Mientras tanto, Galgomundo, sábados de 14 a 18 y domingos de 18 a 22, en Radiomundo 1170 AM.

Cambio y fuera.

Montevideo, 25 de agosto de 2018

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Galgomundo
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