Los molinos, el Estado y una izquierda

A raíz de los comentarios por La Mesa sobre la declaración de Daniel Martínez en cuanto a que “no tiene que ser todo del Estado”, y a que la extinta Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (que implantó esa modalidad) “ni siquiera fue socialista”, desde la audiencia se señala que hay sectores que hoy siguen identificando estatismo con izquierda y propiedad privada con derecha.


La Mesa del jueves pasado discutió la afirmación del precandidato presidencial Daniel Martínez en torno a la ex Unión Soviética, a raíz de que los parques eólicos construidos cuando él fue ministro de Industria son de propiedad privada.

Ahorremos suspicacias: no tengo militancia política y, salvo que alguna fuerza muy potente me impulse, no pienso votar en las elecciones internas y en octubre pienso hacerlo anulado.

Pero me llamó mucho la atención que todos los opinantes coincidieran en adjudicar intención electoralista a lo manifestado por Martínez. “Pudo dar 1.500 argumentos para explicar por qué los molinos son privados, en lugar de hablar de la URSS”, coincidieron los cuatro.

Recordemos que la construcción de los molinos se efectuó mediante licitaciones de energía eólica que llevaron a Uruguay a ser el país de América con mayor porcentaje de potencia instalada en energía renovable no tradicional. Y, según la crónica de El Observador, a propósito de ese indudable logro para el país, alguien del público (presumiblemente un frenteamplista) le reprochó que los molinos sean de propiedad privada. Ante ello y visiblemente alterado, Martínez le respondió: “Ah, no sabía que tenías 1.500 millones de dólares para eso. Me lo hubieras dicho y los construíamos con tu plata. Aparte, ¿quién dijo que tiene que ser todo del Estado? Yo no estoy de acuerdo. La Unión Soviética para mí ni siquiera fue socialista. Fue un desastre. Además, socialismo sin democracia no existe. Fue una vergüenza y todavía estamos pagando los horrores que hizo la URSS, porque el campo progresista terminó identificándose con una experiencia lamentable”.

Me llamó la atención el juicio de los panelistas porque, notoriamente, hay un sector de militantes de izquierda que todos los días sigue postulando que socialismo es sinónimo de propiedad estatal de los medios de producción. Y esa es una identificación con la concepción de la desaparecida URSS. “Revolución” fue para esos sectores, en los 60 y 70, la expropiación de los medios de producción en Cuba, en el Perú de Velazco Alvarado, en el Chile de Allende (sectores de izquierda ocupaban minas reclamando su inmediata expropiación), etc., luego en Venezuela… (“¡Exprópiese, exprópiese!”, exclamaba el comandante Hugo Chávez, tanto por empresas que explotaban el subsuelo, como por bancos, comercios o edificios de apartamentos, lo que generó demandas internacionales por miles de millones de dólares que hoy ahogan al país).

Sectores y militantes que hoy se identifican con la desaparecida URSS, con Cuba, con el gobierno de Maduro, siguen pensando que eso fue o es “socialismo”. Ahora y en el pasado, tiñó un discurso de la izquierda. Pero además lo dicen algunos dirigentes sindicales y políticos todos los días en las redes sociales, y cada tanto lo deslizan públicamente en forma más o menos directa. ¿Nadie los ha leído o escuchado reclamando al gobierno que expanda la propiedad estatal, o que no abra la participación a privados en negocios de interés nacional? ¿Nadie ha escuchado que se denuncie a diario “privatización” o “tercerización” como una acusación en sí misma?

Muy lejos estoy de ser un teórico del marxismo, pero basta una ojeada a cualquier publicación de los 70 para leer citas de Carlos Marx explicando por ejemplo el agotamiento del sistema capitalista esencialmente explotador: “…el rumbo ulterior de la socialización del trabajo y de la transformación de la tierra y demás medios de producción en medios de producción explotados socialmente, es decir colectivamente, y, por lo tanto, la marcha ulterior de la expropiación de los propietarios privados, cobra una forma nueva. (…) La centralización de los medios de producción y la socialización del trabajo llegan a un punto en que se hacen incompatibles con su envoltura capitalista. Ésta salta hecha añicos. Ha sonado la hora final de la propiedad privada capitalista” (El Capital, Tomo 1, p.p. 648-49, reza al pie de esa página, una de tantísimas en tantísimos libros y folletos que sintetizaron la obra fundamental del marxismo).

“No se puede vencer al capitalismo sin tomar los bancos, sin abolir la propiedad privada de los medios de producción”, agrega este viejo librito de los 70 que guardo, uno de tantísimos que cita a Vladimir Ilich Lenin.

¿Cómo alguien que milite en política en este país (entre ellos personas con una dilatadísima trayectoria en la izquierda marxista-leninista), puede ignorar que miles de dirigentes y militantes que siguen identificándose hoy con la revolución soviética interpretaron en su momento, y siguen interpretando hoy, que un gobierno “de izquierda” es estatista y, al contrario, revolucionar el mercado de la energía convocando a inversores privados es “de derecha”?

Podrá ser cierto, entonces, que Martínez “pudo dar 1.500 argumentos para explicar por qué los molinos son privados, en lugar de hablar de la URSS”. Pero ¿no fue absolutamente pertinente que puntualizara que la propiedad estatal no fue sinónimo de socialismo?

G. Beade
Vía correo electrónico


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