El contraste de nuestro “ser nacional”

Dos centros de extensión cultural en Floresta y Santa Ana (Canelones), uno oficial y otro vecinal, reiniciaron sus actividades en febrero. Desde la audiencia, Silos vincula a esas experiencias con el análisis del profesor Benjamín Nahum sobre la viabilidad de Uruguay que se difundió por los mismos días.


En febrero 2017, dos episodios distintos completamente dan luz sobre la esplendidez cultural subyacente y los magros resultados obtenidos en dos siglos.

La mayor figura viviente de la historiografía nacional, el maestro Benjamín Nahum, trasmite su alarma en una entrevista publicada en Suplemento Cultural del diario El País (viernes 3 de febrero), hondas preocupaciones por declinación notoria en varios aspectos de la cultura uruguaya, susceptibles de derivar en la extinción de la propia sociedad. Los méritos de Nahum están certificados por su apasionada vocación investigadora durante toda su vida. Por lo menos 16 tomos escritos en sociedad con José Pedro Barrán (tres de historia económica, nueve de acopio documental, dos de historia uruguaya, un manual de divulgación sobre el período 1830-1903, de su autoría o en cooperación con algunos jóvenes), y algo más que desconozco. No alcancé a leer toda esa masa de literatura histórica, pero si la mayoría.

La virtud del notable análisis publicado el 3 de febrero apunta a fallas históricas en el tejido social: pérdida de la voluntad de trabajo, que incorporaba notoriamente a inmigrantes hambrientos; pérdida de voluntad reproductiva, familias sin hijos, o prácticas anticonceptivas exageradamente aprovechadas. Declinación absurda en sectores amplios de funcionarios públicos, condena precisa al sindicato Adeom – Montevideo. Datos concretos avalan sus conceptos: padres inmigrantes, y tal fue el suyo, estaban habituados a trabajos extenuantes de 10 o 16 horas diarias. En Uruguay se sorprendían y aún rechazaban la ley de ocho horas.

Un segundo episodio visible se registró en un ámbito chico, en la localidad de Floresta. Muestra las dos caras de la medalla, la emergencia de una vigorosa creatividad cultural en un pueblito pequeño y desconocido y, en la otra acera, la actividad oficiosa impulsada por el propio Estado.

En Floresta se instaló un centro de extensión cultural para niños y adolescentes. Su programa incluye clases de violín, bajo, cerámica, cine, piano, teatro, canto, danza: “son solo algunos de los talleres que se dictan en Salasur, con un plantel docente que reside en la Costa de Oro”, dice un bonito boletín impreso. ¿Cómo se gestiona tan ambicioso programa? Se trata de dos organizaciones: una escuela de música, y una escuela integral de arte. ¿Cómo se financia? Empresarios que apoyan reciben beneficios fiscales por el 80% de las donaciones.

Floresta es ciudad meritoria, pujante, pero no basta el acto realizado el 8 de febrero, con la presencia de artistas nacionales, el intendente y un senador, para dar eficacia a un programa ambicioso. Un detalle certifica limitaciones: la generosa propuesta está en su cuarto año de vida, y por ahora detalla más propósitos que realizaciones. Menciona en un impreso la asistencia a los cursos de 300 niños y adolescentes (no aclara si es la suma de asistencia durante los cuatro años).

El contraste lo dio Néstor, un joven inquieto de la pequeña población de Santa Ana, diez veces menor que Floresta. Explicó allí mismo la actividad vecinal cumplida por una institución local. Tienen un predio propio, próximo a una hectárea. Cuentan con espacio amplio, salón propio, apto para 60 personas. Practican forestación, huerta, deporte. No solo programan: hacen. Tienen un conjunto teatral propio, de muy buena calidad. Pasan cine, hacen feria de libros y revistas, artesanías, y el vecindario corresponde y trabaja cada cual en lo suyo. Aportan armoniosamente al bien común, sin distingo de edades. Están autoconvocados siempre.

Cuando Néstor acabó las explicaciones en la reunión de Floresta, fue ovacionado. Los presentes y las autoridades ignoraban completamente quién era Néstor y qué hace Santa Ana tras solo dos años de comenzar la acción socializadora.

Los dos hechos, uno la denuncia del sabio Benjamín Nahum y el otro liderado por Néstor y acompañado por la comunidad, separados por solo cinco días de febrero, se complementan para ilustrar claramente rasgos uruguayos. Conviene prevenir a las gentes de buena voluntad de La Floresta, que el aparato político institucional se justifica a sí mismo publicitando iniciativas culturales. Darles vida real es otra cosa, con las salvedades de algunos grandes centros urbanos muy ricos en recursos, y que así se prestigian y consiguen afirmar poder. Desde luego, Néstor no es producto de la pequeñez local sino un hombre compenetrado con la intensa movilidad del mundo moderno. Es un vasco, ha viajado, conoce mundo. Trabaja modestamente en Montevideo, vuelca energías hacia su pueblito.

El Uruguay padece la misma contradicción durante dos siglos: ciudades que viven “para sí”, como diría Marx, y un mundo interior despoblado, ignorado, cuyos tesoros culturales han sido aplastados en el largo plazo, o absorbidos por la capital o por centros urbanos del interior. Una espesa burocracia se sobrepone a todo. Y en realidad, todos dependemos de la capital, debemos concurrir allí para aprender muchas cosas o recibir atenciones indispensables.

El caso de Floresta, promovido por un gobierno departamental, en contraste con el de Santa Ana, todo organizado por sí mismo (la famosa “conciencia social”), es paradigmático. El “alerta” de Nahum, es dramático.

Silos Piedracueva Azpíroz
Vía correo electrónico


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