La máquina de greatest hits: El retorno improbable de AC/DC, parte 5

Por Gastón González Napoli ///

Cuando parecía acabada definitivamente, AC/DC retornó con un nuevo disco, Power Up. Eso motiva este extenso repaso por su obra para explicar por qué tienen tanto peso en el universo rock (y por qué vale la pena escucharlos aunque se diga que hacen siempre lo mismo). La primera parte, sobre los orígenes del grupo, puede leerse aquí; la segunda, sobre los discos de los años 70 que construyeron el mito de su primer cantante, Bon Scott, aquí; la tercera, sobre sus años dorados, marcados también por la tragedia, aquí; y la cuarta, sobre el bajón en calidad y ventas que vivieron en los 80, aquí.

Esta penúltima entrega hace algo distinto de las anteriores: mete en la misma bolsa 20 años de carrera. Sucede que desde que retornaron a la senda del éxito comercial y la benevolencia crítica con The Razors Edge, AC/DC se convirtió en lo que los yanquis llaman un legacy act. Lo que importa es su legado, más que su presente.

Sus discos nuevos son casi que meras justificaciones para salir de gira. En cada show hacen un borrón y cuenta nueva, como si el último álbum que hubiesen editado fuera justamente el Razors Edge. En cada gira arman un setlist y lo mantienen básicamente sin variantes en cada concierto, en el mismo orden, con los mismos chiches: la campana de la que Brian Johnson se cuelga en «Hells Bells», la muñeca gigante para «Whole Lotta Rosie», el solo extendido de Angus en «Let There Be Rock», los cañones para «For Those About to Rock». Uno va a un show de AC/DC sabiendo qué esperar.

En los 90 se convirtieron, y todo indica que lo hicieron felizmente, en una máquina de greatest hits (aunque hayan tenido la decencia de nunca editar un disco de grandes éxitos solo para hacer caja). Es prácticamente imposible ir a verlos tocar y que saquen de la galera una joya enterrada de su discografía. Uno no va a ver a AC/DC para sorprenderse: va a verlos para disfrutar, para reconfortarse en sus riffs sencillos pero aplastantes. Va a verlos para energizarse.

Además, aprovecharon la ola de los 90, y especialmente la de los 2000, para editar DVDs en vivo y otros de compilación de su carrera de fines de los 70 y principios de los 80, que reforzaron la idea de que la etapa importante de AC/DC era esa.

Todo esto a contrapelo de lo que querríamos los fans acérrimos, que disfrutaríamos muchísimo de seguir viendo en el escenario canciones como «Skies on Fire» del Black Ice o «Stiff Upper Lip» del álbum homónimo. Sin embargo, la banda decidió conscientemente que sus últimos 25 años sean solo una excusa para volver a su etapa clásica, y por eso los tomaremos como un todo.

El último hit

Los 90 empezaron con dos cambios: uno, el más importante, el retorno de Malcolm Young sobrio luego de una estadía en rehabilitación que lo había radiado de la gira del Blow Up Your Video (en el tour lo sustituyó su sobrino, Stevie, que tiene aproximadamente la misma edad que sus tíos). Y dos, la salida del baterista Simon Wright y su reemplazo por el galés Chris Slade, un hombre que toca con dos característicos bombos colgados junto a su cabeza pelada.

La potencia de Slade en la bata, y su personalidad más fuerte que la del insulso Wright, explican parte del éxito que alcanzó el undécimo álbum del grupo, The Razors Edge, que en 1990 llegó al número dos de Billboard en Estados Unidos y al número 4 en el Reino Unido.

Otro de los motivos es la presencia como productor del canadiense Bruce Fairbairn, cuya varita mágica tocó algunos de los álbumes clave del hard rock comercial en esos años de «fin de la historia»: el Slippery When Wet de Bon Jovi y un trío de discos rompetaquillas de Aerosmith, Permanent VacationPump Get a Grip (responsables de rescatar a esa banda venida a menos y convertirla en el gigante que son todavía hoy). AC/DC venía de dos discos que habían sonado mal o muy amateurs, y de otro que al menos no parecía grabado adentro de un sauna, pero al que le faltaba punch. El pulido ultra profesional que habían experimentado en los años dorados con Mutt Lange volvió de la mano de Fairbairn.

El tercer motivo, como suele suceder con la música, son las canciones. La muy divertida «Are You Ready» -un regreso al eterno oasis de la canción sobre una mujer que rockea tu mundo- y «Moneytalks» -que en vivo era acompañada por una lluvia de billetes con la cara de Angus Young sobre el público- se convirtieron en hits importantes para la banda. «Moneytalks» es la única canción de AC/DC que entró al top 30 de Billboard en Estados Unidos: llegó al número 23.

Y luego, claro, está «Thunderstruck»: una topadora que te parte al medio, en la que es inviable no corear el thunder como en un estadio. En la intro de ese tema, Angus usa la técnica del tapping, es decir que solo usa los dedos de su mano izquierda a la Eddie Van Halen; una novedad para él. Es la única canción post For Those About to Rock que se volvió una fija de sus shows en vivo.

 

 

Hay un cuarto motivo: se determinó quitarle a Brian Johnson sus potestades como escritor de letras. La historia oficial es que Johnson se estaba divorciando y «no estaba disponible», pero desde entonces nunca firmó otro tema. Los créditos son solo Young/Young. Una determinación extraña, dado lo querible que es Johnson, aunque comprensible. Malcolm dijo tiempo después que a él lo traen sin cuidado las letras, que lo único que le importa es la música, pero una letra mala distrae y demuele lo que sea que esté sucediendo a su alrededor. The Razors Edge abre con «Thunderstruck», y su letra tiene la suficiente gracia como para despejar dudas sobre la capacidad de los hermanos.

Es un buen álbum, divertido, que te levanta el ánimo y te da manija como para ponerlo al mango y levantar los techos propios y ajenos. «Fire Your Guns», «Rock Your Heart Out», «Are You Ready» van en esa línea. Tiene su dosis de humor, como en «Mistress For Christmas», que habla de pedirle una amante a Papá Noel e incluye el verso «quiero montarme en tu reno». Angus reconoció en entrevistas de aquel entonces que es un tema sobre un magnate inmobiliario que solía figurar en la prensa: Donald Trump.

Y hasta tiene algo (algo) de comentario político en el tema que le da título. Con la caída del Muro de Berlín y una sensación de optimismo en Occidente, la banda tomaba una expresión de los granjeros británicos referente a cuando en un buen día se ven nubes negras en el horizonte: «Nuestra forma de decir que el mundo no es perfecto y nunca lo será», le dijo Angus a Muchmusic en el ’92. «The Razors Edge» se queda corto en la versión de estudio, pero la versión del AC/DC Live, el primer disco en vivo del grupo desde 1978, es electrizante -y bastante más pesadita-.

De lo que adolece The Razors Edge es de una sobre extensión, algo que se volvería perenne en su discografía reciente. Podríamos recortar al menos una o dos de la tanda final de «Got You By the Balls», «Shot of Love» y «Goodbye and Good Riddance». O tal vez las tres. Sí me quedo con el cierre, «If You Dare». El resto suena repetitivo.

A partir de The Razors Edge, AC/DC nunca caería del pedestal.

 

La fuerza de un toro

Tras la gira, AC/DC le dio un beso y un abrazo a Chris Slade y la bienvenida al hijo pródigo, Phil Rudd, con lo que recuperó su formación clásica. Contrataron al productor estrella Rick Rubin, fanático del grupo y famoso por su sonido, a falta de una mejor palabra, grande. Un tipo asociado sobre todo al hip hop, pero que también venía del palo del metal (produjo el Reign In Blood de Slayer, por ejemplo). Sobre su fanatismo por AC/DC, basta escuchar «Love Removal Machine», de The Cult, producida por él, que suena casi casi como si los Young hubieran echado a Brian Johnson y traído otra voz.

El resultado del regreso de Rudd y la alianza con Rubin fue el Ballbreaker, de 1995, un disco que se suena todo. No hay cómo definirlo de otra forma. No tendrá ningún clásico, pero se deja escuchar de principio a fin.

Según la revista Ultimate Classic Rock, Rubin estaba obsesionado con recuperar el sonido setentero de AC/DC y hasta consiguió unos amplificadores vintage para reforzarlo. Hay que decir que no suena como salido de los 70, sino como un producto de su tiempo: como una obra de unas superestrellas del hard rock. Pero ese siempre estar tratando de recuperar el rayo de sus años mozos dice mucho.

Lejísimos de ser ninguna maravilla letrística (¿a qué se está refiriendo Johnson cuando canta que está duro como una roca? Una metáfora de antología), el arranque con «Hard as a Rock» le pone una sonrisa en la cara a cualquier fan del grupo. En «Boogie Man» se mandan un blues pesado de manual pero satisfactorio, y en «The Furor», «Burnin’ Alive», «Whiskey on the Rocks» y el cierre con «Ballbreaker» te vuelan la peluca con una intensidad como hacía tiempo no tenían.

 

 

Esa fuerza queda patente en No Bull, el DVD que editaron en el ’96, filmación de un show en la Plaza de Toros de Las Ventas de Madrid. Un DVD que recomiendo.

Las letras de los Young, reitero, ni siquiera intentan alcanzar la pluma de Bon Scott en sus orígenes; de todos modos, el Ballbreaker está unificado por un cierto sentimiento de pesimismo, de opresión por alguien más poderoso como en «Hail Caesar», de que el mundo se termina como en «Burnin’ Alive». «No me gusta que me digan lo que tengo que hacer», le dijo Malcolm a un biógrafo, entrevista en la que también despotricó contra la corrección política y se quejó de que hubiera quienes quisieran meterse con su afición al cigarrillo.

A pesar de que el producto es uniforme y muy disfrutable, la experiencia de la banda con Rubin fue muy mala. Se llevaba pésimo, con quién más, con Malcolm. Hasta se rumorea que él los dejaba solos en el estudio y se iba a grabar con los Red Hot Chilli Peppers, con quienes estaba produciendo One Hot Minute.

Y al igual que había ocurrido a principios de los 80, problemas con un productor llevaron a AC/DC a volver a las básicas.

 

Un disco que merecía más

Para Stiff Upper Lip, del 2000, el grupo volvió a trabajar con George Young, hermano mayor de los dos guitarristas, que había producido sus primeros álbumes y el más reciente Blow Up Your Video, todos ellos en tándem con su viejo colega Harry Vanda. Esta vez trabajaron con Young en solitario, y parieron el que considero el mejor disco de su carrera tardía. Sin embargo, quedó olvidado, sin que sus canciones reaparezcan en show alguno.

Es un poco demasiado largo, con 12 temas, por lo que le sobra algo de grasa, pero los muestra más inspirados y probando variantes de su encare, por una vez no tan monolítico. «Hold Me Back» y «Can’t Stand Still» muestran a una banda todavía viva. En esa última, el solo lo toca Malcolm, toda una rareza para una banda tan sólidamente estructurada.

«Can’t Stop Rock ‘n’ Roll» tiene uno de sus riffs más contundentes, lo que es mucho decir. «Satellite Blues», «Damned», «Come and Get It»: un golpe de nocaut atrás del otro.

 

 

Y el tema homónimo es un himno, que podría perfectamente seguir integrando el setlist de AC/DC en vivo. Es una pena que la hayan dejado de lado como lo han hecho.

Lo particular del Stiff Upper Lip es que cambia la pisada después de dos discos que más de un despistado calificaría de heavy metal. Hay más blues («Meltdown», «Satellite Blues»), hay groove («Stiff Upper Lip», «Give It Up») y menos agresividad («Hold Me Back», «Can’t Stand Still»), sin sacrificar la dosis necesaria de hard rock («Safe in New York City», «House of Jazz»).

Es un excelente disco para introducirse en el catálogo de AC/DC extra Highway to Hell Back in Black. Pero, sin ser un fracaso, no fue muy exitoso y abrió un paréntesis de ocho años, el más extenso en la historia del grupo entre discos de estudio.

Entre medio editaron los excelentes DVDs Family Jewels Plug Me In, compilados de shows en vivo, actuaciones en televisión y videoclips de la etapa clásica de la banda.

 

Un show que hizo época

La pausa larga entre discos se compensó en Black Ice, de 2008, con la friolera de 15 canciones, la mayor extensión por lejos de un álbum de AC/DC.

Es un disco indudablemente excesivo, con bastante medio pelo («Wheels», «Decibel», «She Likes Rock and Roll», «Money Made», «Rocking All The Way») pero al menos un temazo en «Rock and Roll Train» (otro que podrían mantener sin problema en el setlist, pues encaja tranquilamente entre los clásicos). Un disco que también muestra cierta falta de imaginación desde la nomenclatura: cuatro canciones incluyen la palabra «rock» en su título.

Nada de eso hizo mella en el público: Black Ice fue el primer álbum de AC/DC en llegar al número uno de Billboard desde For Those About to Rock en 1981.

Para Black Ice, trabajaron con el productor Brendan O’Brien, con el que al fin lograrían un buen diálogo, ya que produciría también sus dos trabajos subsiguientes. O’Brien era conocido sobre todo por trabajar con Pearl Jam y con Springsteen, pero buscó, como Rick Rubin antes que él, recapturar el sonido clásico de AC/DC. Su mano se nota en el lustre y la fuerza del sonido: «Skies on Fire», por ejemplo, con esa batería capaz de hacer temblar los cimientos de un edificio.

La ventaja del Black Ice ante el Ballbreaker -producido por Rubin- es que tiene mejores temas. En la gira posterior, los conciertos arrancaban con una locomotora gigante que entraba al escenario al tiempo que arrancaba «Rock and Roll Train», y ya con eso no había cómo perder a la audiencia. Lo mismo sucede cuando esa canción abre el disco. «Big Jack», «Smash N Grab», «Spoilin’ For a Fight» caen del lado rockero-para-sacudir-la-cabeza-al-ritmo típico que tan bien le sale a la banda. También redescubren las bondades de la brevedad en «War Machine» y «Stormy May Day», bendecida la primera de ellas con un solo relámpago de Angus y la última con una guitarra slide.

 

 

Por influencia del productor, Brian Johnson aprovecha para cantar y chillar un poco menos («soul crooning», le dijo Brendan O’Brien, porque se ve que si a Johnson le dicen «canto» cree que no es lo suficientemente rockero), en temas menos acelerados, como «Anything Goes» y el más raro del disco, «Rock and Roll Dream», que suena épico y quedó olvidado entre la pila un poco interminable que constituye la segunda parte del tracklist.

Reconozco que no puedo ser demasiado objetivo con este disco: se editó cuando tenía 15 años, la edad perfecta para escuchar a AC/DC (asumámoslo), fue el primero que me compré en edición física y quizás el disco que más escuché de ellos por fuera de Highway to Hell Back in Black.

La gira del Black Ice los trajo al Río de la Plata, para tres fechas en el Monumental de Núñez en los primeros días de diciembre de 2009. Allí los vi en el tercer concierto, y sellé para siempre mi amor por ellos. Ni siquiera Roger Waters con su pantalla descomunal le hace sombra al nivel de show que pusieron en escena con maestría sin rival. A ellos hay que sumarles al público argentino, que se comporta con la misma pasión con la que vive cada uno de los aspectos de la vida del país. Un amigo jura al día de hoy que hizo una pausa en el salto durante «Highway to Hell» y notó que la tribuna (estábamos en el tercer anillo) temblaba. Salimos vigorizados.

Y tan buenos fueron esos recitales, que los filmaron y editaron en tándem de disco en vivo/DVD como Live at River Plate en 2012.

 

 

Digo que ese show hizo época porque los videos en YouTube muestran en sus comentarios a gente incrédula por lo que allí se ve. Si se confía en los comentarios (cosa poco recomendable, pero permitámonos el ejercicio), se eleva esos conciertos al estatus de leyenda que tienen grandes recitales de la era dorada del rock, o a otros colgados en YouTube como el de Charly García cantando «Seminare» bajo la lluvia, esos que uno mira y sueña con poder atravesar la pantalla.

¿Exagero? Puede ser. Pero miren el DVD.

La del Black Ice fue la última gran gira de AC/DC, pues la siguiente estaría minada por problemas y tragedias que firmarían el certificado de defunción de la banda. Pero de eso nos ocuparemos la semana próxima.

Próxima (y última) entrada: autodestrucción, un retorno improbable y una pregunta sobre el legado

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Etcétera es el blog de Gastón González Napoli en radiomundo.uy

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